La desintegración andina: siguiendo a Colombia

PUNTO DE VISTA

La desintegración andina

Amylkar D. Acosta Medina*

Este 26 de mayo se cumplen 40 años de la gestación del proceso de integración andino, la cual comenzó con la Carta de intención suscrita en Bogotá el 16 de agosto de 1966 por los presidentes de Colombia, Chile y Venezuela, así como por los delegados personales de los presidentes de Perú y Ecuador.

Ya desde 1960 Latinoamérica se había planteado la necesidad de avanzar en el propósito de alcanzar un mercado común regional, dándole vida a la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC). Luego, se concluiría que la mejor formar de arribar a dicha meta era por la vía de los acuerdos subregionales, en atención a las asimetrías entre unos grupos de países y otros de la misma región. Ello dio pie precisamente a la formación del Grupo Andino. Fue así cómo, por iniciativa de Carlos Lleras Restrepo, a la sazón Presidente de Colombia, se concretó la firma del denominado Acuerdo de Cartagena el 26 de mayo de 1969 en la Heroica por parte de los presidentes de Colombia, Chile, Ecuador, Perú y Bolivia, más conocido como Pacto Andino. Más tarde, el 13 de febrero de 1973, se incorporaría al mismo Venezuela, adhiriéndose al Acuerdo alcanzado; pero, a poco andar, la dictadura de Pinochet tomó la determinación de retirar para siempre a Chile el 30 de octubre de 1976. Con altos y bajos, avances y retrocesos, el proceso de integración andina se fue consolidando y el mercado ampliado que surgió de esta manera contribuyó a la mayor afluencia de la inversión extranjera directa (IED) a la región y al ensanche de muchas de sus empresas nacionales. Por aquel entonces, primaba en América Latina el Modelo económico cepalino, inspirado por Raúl Prebisch, el cual sería suplantado desde mediados de la década de los 8 por el desastrado modelo neoliberal aupado por el malhadado Consenso de Washington. La eliminación de los aranceles para el comercio intrandino y el establecimiento de un arancel externo común, dinamizaron enormemente el comercio entre los países miembros de la que posteriormente en 1997 devino en la Comunidad Andina de Naciones (CAN). Bajo el concepto de “convergencia regional” surgió en 1980 la ALADI y en 1975 el SELA, de los cuales ha hecho parte Colombia, pero que con el tiempo se fueron desvaneciendo, a la par que emergían nuevas iniciativas como el G – 3 (Colombia – México – Venezuela) y el MERCOSUR (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay), liderado por Brasil. De esta forma, se fueron creando distintos bloques, entre los cuales descollaba la CAN, que ya contaba con el Tribunal Andino de Justicia, el cual velaría por el cumplimiento de sus estipulaciones, así como con la Corporación Andina de Fomento (CAF), como banco múltiple y agencia de promoción del desarrollo y la integración andina.

Lo demás ya es historia; Colombia, después de liderar por más de 30 años este proceso de integración, tiró todo por la borda tras el prurito de cristalizar un tratado de libre comercio bilateral con los EEUU, trasgrediendo la regla de oro que había defendido hasta entonces con ardentía, que toda negociación con terceros se haría en bloque . Tal actitud, desde luego, contraría el espíritu y la letra de la Carta, que prescribe tajantemente desde el mismo Preámbulo el compromiso por parte de Colombia de “impulsar la integración de la comunidad latinoamericana”. Ello dio al traste con la unidad y con la propia CAN. En sus devaneos, Colombia terminó dejando lo cierto por lo dudoso; desestimó la importancia del primero y segundo mercado en importancia para sus manufacturas, obnubilado por el espejismo del acceso al mercado estadounidense. Ya lo habían advertido los gurúes de la economía Stiglitz y Sachs, al afirmar que “los TLC con EEUU atentan contra acuerdos de otros países” y este es el caso. Dicho y hecho: Venezuela y Bolivia emprendieron las de Villadiego, prácticamente se marginaron de la CAN, esta quedó herida de muerte y Colombia aislada regionalmente. Las consecuencias de estos desvaríos no se han hecho esperar, las medidas retaliatorias de Venezuela y Ecuador le pueden costar a Colombia este año, según algunos estimativos, más de US $1.700 millones de sus exportaciones a estos países. Y ello ocurre en momentos que para capear la crisis actual lo que recomiendan expertos como Nouriel Roubini “concentrarse más en su mercado interno y en la integración con sus vecinos.” Entre tanto, Venezuela promueve un proceso alternativo de integración, el ALBA (Venezuela, Ecuador, Bolivia, Nicaragua y Cuba), al tiempo que Brasil consolida cada vez más su liderazgo en la región a través de MERCOSUR. Colombia, de integracionista por excelencia, pasó a ser visto como el esquirol, como el disociador, sobre todo después de su deslucido papel en la Cumbre de la OMC en Cancún y como satélite que gravita en la órbita de los intereses de los EEUU, confirmado con su voto en el Consejo de Seguridad de la ONU apoyando la aventura de Bush en Irak. A Colombia le tomará muchos años resarcirse de los estragos causados por tantos disparates y recomponer sus relaciones exteriores, que pasan por su peor momento.

* Periodista. Artículo publicado en «Argenpress» el 26.5.2009, al cual puede acceder siguiendo el enlace: La desintegración andina.


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