Las Fuerzas Armadas y la Sociedad Peruana: antecedentes históricos

EL PUEBLO PERUANO Y LA DEFENSA NACIONAL

Roger Jordán Palomino*

Como conocemos, los componentes del Estado son su gobierno, su pueblo y su territorio,  componentes en los se deben hallar los medios  del Poder Nacional para  su Defensa la que, teóricamente conceptúa el Centro de Altos Estudios Nacionales (CAEN) , como el “conjunto de previsiones y acciones que el gobierno adopta permanentemente para garantizar la Seguridad Integral del Estado”.

Lo expresado constituye el marco teórico en el que debería ubicarse la problemática de nuestra Defensa Nacional, pero cuando comparamos la teoría con la realidad , constatamos la verdad dolorosa de 180 años de vida republicana con gobiernos, en su mayoría ineficaces,  y un pueblo sin una Identidad Nacional homogénea  por la falta de consenso sobre las aspiraciones de  cada una de las clases sociales que lo constituyen. Tal situación impide, hasta ahora, la concurrencia de objetivos concurrentes  al logro de una Defensa Nacional adecuada a las amenazas que se dan en nuestra Realidad Nacional.

 Antes de continuar, creo necesario utilizar el sistema de estratificación social de clases según la sociología historicista por considerarla la más adecuada para los fines de este trabajo.  Así pues consideraremos que nuestro pueblo ha estado dividido hasta ahora en tres clases sociales definidas que son la clase alta dominante , la clase media y la clase baja pobre, correspondiéndole a la clase alta  dominante el tradicional control sobre el poder político y económico hasta la década del 70 desde la que se aprecia una gradual emergencia de las clases media y baja, particularmente en el campo político.

 Si hacemos un rápido recuerdo histórico desde que nacimos como república independiente, veremos cual fue la actitud típica de nuestras clases sociales frente a la problemática de la Defensa Nacional.

 Durante el periodo de nuestra independencia, la necesidad de separarnos de la Corona de España, sólo fue una aspiración de cierto sector de la clase alta dominante criolla opuesta a la clase alta dominante española que, sensibilizada por las ideas liberales, clandestinamente complotaba contra la corona en algunos círculos intelectuales y masónicos;  al resto de la población, o le interesaban muy poco semejantes aspiraciones o abiertamente se oponían a ellas por considerarlas contrarias a la obediencia al rey a  quien consideraban la legítima autoridad.

Como consecuencia de tal dicotomía, el nacimiento oficial de nuestras Fuerzas Armadas como instrumento de Defensa de  nuestra Independencia y soberanía, fue producto de la iniciativa del Generalísimo Don José de San Martín,  un libertador extranjero quien contó sólo con el apoyo de una parte de la clase alta  dominante criolla la que sólo se ocupó de la organización política de la revolución sin participar directamente en los campos de batalla.  La oficialidad del nuevo ejército estuvo constituida por oficiales extranjeros y patriotas nacionales de la clase media identificados con la libertad,  y  la tropa estuvo constituida predominantemente por la clase baja pobre que en gran parte ignoraba las verdaderas motivaciones ideológicas de la causa revolucionaria por lo que, así como sirvió en las filas patriotas , de igual manera sirvió en las filas realistas.

En la génesis de nuestras Fuerzas Armadas no ocurrió, por ejemplo,  lo que en la génesis de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos de Norteamérica, que nacieron por la casi generalizada aspiración de todas las clases sociales de independizarse de la Corona inglesa, por lo que su participación,  se dio no sólo en el campo político sino también en el militar,  marcando así un antecedente que se ha repetido en todas las guerras que, en defensa de sus ideales, ha tenido este país, pudiendo asegurarse que no existe un sólo hogar de cualquier sector social norteamericano en los que no haya algún miembro muerto en alguna de dichas guerras. Este ejemplo se ve repetido en casi todos los países del mundo verdaderamente democráticos, excepto en el nuestro como veremos.

 Efectivamente, luego de nuestra independencia y durante los siguientes periodos históricos, las aspiraciones nacionales del pueblo estuvieron divididas por las diferentes percepciones sobre lo que creían, debería ser la Seguridad de la nueva república y que, casi siempre,  fueron el resultado de la imposición de la nuevas clases altas dominantes que, una tras, otra fueron emergiendo a la vida nacional motivadas frecuentemente por su apetito de poder, el que lograban mediante el complot a través de un militar ambicioso.  La oficialidad provino de la clase media,  y la tropa de la clase baja pobre que,  igual como servía en las filas de un caudillo servía en las filas de otro sin tener muy en claro las verdaderas aspiraciones  por las que luchaban. Una excepción a la situación expresada debe hacerse con el Gran Mariscal Don  Ramón Castilla quien percibió claramente que para lograr el Bienestar  y la Seguridad era necesario suprimir la esclavitud , aún en contra de los intereses de la clase alta dominante de dicha época, particularmente de la clase alta terrateniente,  y desarrollar a nuestras Fuerzas Armadas hasta hacer del Perú la primera potencia económica y militar de América Latina.

En la guerra con Chile se repitió el drama de nuestra falta de Identidad Nacional y de la nula percepción de nuestra clase alta dominante sobre el grave  peligro que suponía el expansionismo chileno lo que dio lugar al total descuido en la preparación de nuestra Defensa por parte de los políticos de turno.

 La situación antes descrita se reflejó claramente y como antaño, en la  oficialidad de nuestras Fuerzas Armadas provenientes de la clase media, particularmente de las provincias que en el avance del invasor, iban sintiendo su rapacidad y su crueldad. Nuestra tropa provino como siempre de la leva forzada de la clase baja pobre que, salvo honrosas excepciones, más seguían a sus líderes militares que a la causa nacional.  Lo expresado se puede comprobar en los archivos históricos mediante la lectura de las listas de bajas de tropa  llenas de apellidos de origen indio provenientes del ande.

 Para enfatizar sobre la nefasta participación de la clase alta dominante en esta infausta guerra, es suficiente recordar que el presidente Piérola asumió el mando de la nación y la dirección de la guerra tras apoderarse del poder por el viaje del presidente Prado a Europa para comprar armamento.  Como director de la guerra, dio la orden de hacer regresar a las tropas que, al mando del Crl.  Leiva, se dirigían de Arequipa hacia a Arica para reforzar a Bolognesi, lo que habría obligado al enemigo a combatir en dos frentes, cambiando quizá el destino de nuestros bravos en el morro. Fue también, quien desoyendo las atinadas recomendaciones de Cáceres para organizar la defensa de Lima en la fuerte posición de los cerros de Santa María en Pucusana, la organizó en la débil posición de San Juan en la que fue fácilmente destruido nuestro ejército. El pretexto de Piérola fue que San Juan estaba más cerca de Lima lo que le facilitaba la visita del frente. Completada la destrucción de lo último de nuestro ejército regular en San Juan,  la clase alta  dominante afincada en Lima se vio en la necesidad de organizar una apresurada segunda línea de defensa para detener al enemigo en Miraflores, motivada principalmente por el conocimiento de las atrocidades cometidas por los chilenos en el balneario de Chorrillos en contra de sus propiedades y de sus familiares que allí veraneaban luego de su victoria en San Juan; por tal razón, es recién en esta batalla que en las listas de bajas en los cuadros de oficiales y de tropa  se aprecian apellidos de la clase alta limeña de esa época.

 Al ser derrotado el improvisado ejército Peruano en Miraflores, el presidente Piérola huyó a la sierra con la idea de continuar gobernando desde esa región. En  la realidad,  la nación quedó sin gobierno y en manos del invasor quien ocupó la capital desfilando victorioso en la plaza de armas y disponiendo el control militar de la ciudad para detener los desmanes de la población hambrienta que se dedicó a saquear los comercios y las residencias teniendo  que nombrar como presidente a García Calderón  para poder gobernar.  Por su parte, cuando Cáceres organizó la resistencia en la sierra con la denominada campaña De la Breña, nuestra clase alta dominante, sobre todo la del sector económico minero y guanero,  ya había comenzado a convivir con las fuerzas de ocupación con las que departía socialmente en los mejores salones de Lima y en los que hacían grandes negocios con representantes del capitalismo chileno e inglés. Por tal razón, la resistencia de Cáceres no convenía a sus intereses comerciales por lo que influyeron en la organización de una campaña militar en su contra,  la que se inició con un Ejército Peruano organizado por Iglesias aliado con otro ejército Chileno.

 Motivado sobre todo por el desgaste que venía sufriendo por la campaña de resistencia de Cáceres en la sierra, la que no cesó a pesar de la derrota de Huamachuco, y por haber obtenido ya como botín las provincias de Tarapacá, Arica y Tacna luego del infame tratado de paz de Ancón que Iglesias y nuestra clase alta dominante aceptaron a cambio de la paz, el ejército chileno retornó a su patria, por lo que Cáceres bajó de la sierra para derrocar a Iglesias y hacerse del gobierno para reiniciar la reconstrucción nacional y  reorganizar nuestra Defensa Nacional, siendo luego elegido presidente.

 En su mandato tuvo que dictar medidas de gran firmeza para reconstruir a nuestra economía y para reorganizar a nuestro ejército a fin  de recuperar las provincias perdidas;  sus medidas motivaron el descontento de nuestra clase alta dominante la que, sin comprender plenamente su patriótica motivación, influyó en la política para dar por terminada la gran tarea de reconstrucción de nuestra dignidad, siendo elegido el General Remigio Morales Bermúdez quien murió antes de concluido su mandato por lo que fue reemplazado interinamente por el general  Justiniano Borgoño.  Terminado el interinato de Borgoño, se convocaron a elecciones resultando electo nuevamente Cáceres quien reinició de inmediato la tarea de reconstrucción y reorganización de nuestra Fuerza Armada que suponía un gran sacrificio nacional por lo que, nuevamente,  la clase alta dominante complotó con Piérola hasta derrocar a Cáceres.

 Una vez en el poder, ante la necesidad de reorganizar al Ejército Peruano, a Piérola no se le ocurrió otra cosa que traer una misión militar francesa para tal fin, en lugar de continuar con la concepción de Cáceres quien, como sabemos, había demostrado ser un brillante estratega y un hábil táctico además de eficiente organizador militar. Tal preferencia por lo extranjero reveló que más pudo la antipatía de la clase alta dominante peruana hacia un  genio militar nacional,  quien, con su exitosa  campaña de resistencia en la sierra, había puesto en jaque a las fuerzas invasoras haciendo peligrar de paso, sus pingues negocios con el enemigo.

 La tragedia de nuestra derrota ante Chile, tuvo diferentes efectos sicológicos en nuestro pueblo, los que hasta ahora, afectan nuestra vida nacional. Nuestra clase alta dominante se han resignado a la pérdida de nuestro territorio como algo que ocurrió en el pasado por lo que ha desarrollado, sin conseguirlo, sólo una vaga aspiración de superar económicamente a Chile pues considera que una guerra sería innecesaria ya que existe un tratado de paz; ella no comparte por ejemplo la aspiración nacional de la clase dominante boliviana de recuperar la provincia litoral de Atacama que les fue arrebatada por los chilenos en la misma guerra, o por lo menos, de tener un acceso al mar por haber internalizado la idea de que, de no ser así,  su patria estará condenada por siempre al subdesarrollo por haberse convertido en  país mediterráneo. Por su parte nuestras clases media y baja, según su nivel cultural y conocimiento histórico, se han resignado también  , abrigando, sin embargo,  la vaga aspiración  de que quizá, alguna vez, podremos recuperar el territorio perdido. En estas clases sociales, más que en la clase alta,  es más notorio el efecto del trauma frente a Chile lo que les origina un sentimiento de antipatía a este país.

 En el sector militar sin embargo, por haber estudiado los antecedentes políticos, históricos y militares de la derrota, se ha desarrollado un sentimiento definido de alerta permanente con respecto a Chile, pues está convencido de que la historia puede repetirse de no estar preparados. Lamentablemente, dicho sentimiento no ha sido compartido hasta ahora por las clases altas dominantes de turno pues siempre han pensado que dicho sentimiento de alerta de los militares es sólo un pretexto para el armamentismo, al que acusan de ser el principal factor de subdesarrollo de nuestra patria, antes de reconocer que nuestro atraso se ha debido principalmente a su ineficiencia política.

Desde nuestra derrota ante Chile, tal situación ha continuado hasta la fecha. Así,  en 1911, cuando los colombianos amenazaron los intereses de la población loretana, nuestro país se vio comprometido en una guerra  en la que salimos victoriosos militarmente ocupando puerto Córdoba, pero,  por la presión diplomática internacional sobre nuestra clase alta dominante, sobre todo del sector  político, puerto Córdoba fue devuelto a Colombia, continuando las fricciones con este país hasta que en 1922,  el presidente Leguía cedió el denominado “Trapecio de Leticia” con lo que los colombianos obtuvieron su  ansiada salida al Amazonas mediante el infausto tratado Salomón –  Lozano.  Sin embargo, en 1932 un grupo de patriotas del pueblo loretano ocupó Leticia lo que originó nuevamente una situación bélica que el Perú se aprestaba a afrontar cuando, como resultado de un complot,  fue asesinado el Presidente Sánchez Cerro en el momento que pasaba revista a las tropas que iban a marchar al frente. La guerra fue detenida y nuevamente nuestros políticos cedieron a la presión colombiana hasta lograr que en 1934  se reafirme la vigencia del tratado Salmón – Lozano en el que, además del “Trapecio”,  se autorizó a los colombianos a la libre navegación por el Amazonas Peruano. De esta manera e incomprensiblemente hasta ahora, nuestra clase alta dominante política, cedió a Colombia parte de nuestra heredad, a pesar de la sangre derramada por nuestros soldados y por el pueblo loretano. En nuestras conflictivas relaciones con Colombia,  nuestra clase alta dominante sólo participó en la componenda entreguista de nuestros políticos pero jamás aportó con su cuota de sangre para defender nuestra soberanía.

Con respecto al Ecuador, nuestras relaciones se han caracterizado siempre por la lucha entre los intereses expansionistas de la clase alta dominante de este país y la cesión de nuestro territorio por parte de nuestros políticos a pesar de haber triunfado siempre en el campo militar. En 1941, aún luego de haber ocupado toda la provincia Del Oro después de una rotunda victoria militar, el presidente Prado, típico representante de nuestra clase alta dominante, no sólo no exigió la demarcación definitiva de nuestra frontera sino que cedió territorio selvático del que ahora Ecuador extrae más petróleo que el que nosotros podemos extraer de nuestros yacimientos.  En 1981, Luego de nuestra victoria en el denominado “Conflicto del Falso Paquisha”, el presidente Belaunde tampoco exigió la demarcación definitiva de nuestra frontera y en 1999, luego de las operaciones del conflicto en el Cenepa, nuestros políticos cedieron a la presión internacional para lograr un controvertido  acuerdo en el que Ecuador obtuvo todas las ventajas.  En todas las campañas militares para defender nuestra soberanía frente a Ecuador, nuestra clase alta dominante jamás estuvo presente en los campos de batalla los que fueron regados sólo con la sangre de nuestra clase media y baja.

En la larga guerra contrasubversiva, se repitió el esquema de siempre. Nuestra clase alta dominante permaneció de espaldas a la grave amenaza a nuestra seguridad interna mientras que nuestras Fuerzas Armadas y Policiales provenientes de la clase media y baja combatían a este feroz enemigo . Recién, cuando el peligro comenzó a afectarla directamente, nuestra clase alta dominante vio el peligro de cerca y apoyó la ruptura del sistema democrático como un medio ilícito para combatir  a cualquier precio la grave amenaza subversiva, lo que originó graves distorsiones en el rol tradicional de la Fuerza Armada y de la Fuerza Policial.

 Así, hasta hoy,  no ha sido posible articular una Identidad  en relación a nuestra Defensa Nacional. Nuestra clase alta dominante opina que la Defensa Nacional es problema de los militares a quienes es suficiente, según piensa, asignarles un, siempre insuficiente presupuesto para que adquieran lo que  puedan y , paguen, alimenten y vistan como sea a sus cuadros . Nuestra clase media y baja, es la que tradicionalmente ha aportado con su sangre en el campo de batalla para defender nuestra heredad y nuestra libertad mientras que nuestra clase alta dominante ha venido dirigiendo los destinos del Perú desde los campos de la política y de la economía por lo que se puede concluir que es la responsable del estado actual en el que se encuentra el Desarrollo de nuestra sociedad y el bajo nivel de nuestra Defensa Nacional. Para comprobar lo que se expresa, basta verificar la imposibilidad de que algún joven proveniente de la clase alta sirva en las Fuerzas Armadas de nuestra patria como soldado y ni siquiera como oficial como si ocurre en otros países. Al respecto, en este momento existe una gran preocupación en los Estados Unidos por que es la primera vez que casi un 10% de los miembros del congreso y el gobierno no han servido en las filas de sus Fuerzas Armadas.

 Para terminar, es de esperar, que alguna vez, ojalá no demasiado tarde, las cosas cambien,  no sólo al punto de vista del desarrollo sino también de la defensa como  lo es en las grandes sociedades verdaderamente democráticas, teniendo presente que las amenazas internas y externas de nuestra patria no han desaparecido, sino que, por el contrario,  se visualizan en el horizonte como sombras que pueden tomar vida nuevamente para convertirnos, sea  en una Narco República o cercenar nuevamente nuestro territorio.  Por otra parte, cualquier proceso de reorganización de nuestras FFAA debe pasar necesariamente por un proceso de democratización de las mismas de tal manera que no haya excepciones de ninguna clase para servir en sus filas., sean ricos, pobres, blancos, cholos o negros.

MIRAFLORES, 24 DE SEPTIEMBRE DEL 2013
NOTA DEL EDITOR
*  General de Brigada EP.   Artículo publicado en las revistas “Expresión Militar” Nº 9 del 2001, de la “Legión Cáceres “ Nº16 del 2003, de la “Legión de Caballería” Nº 17 del 2003, de la “Asociación Marín” Nº 21 del 2003.

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