Poder y corrupción: “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”

CAMINO A OTRO 5 DE ABRIL

César Hildebrandt*

En el Perú se reivindicó a Echenique, a Piérola y hasta a Prado a través de sus hijos. El Perú es país de costumbres laxas y memoria breve. Por eso es que García pudo regresar al poder y por eso es que Iglesias, el gran traidor, reposa en la cripta de los héroes de la guerra del Pacífico.

EI fujimorismo ha regresado para vengarse. Su primera cuenta pendiente, ya anunciada por una Cecilia Chacón henchida de soberbia, es con los jueces que condenaron al ladrón y asesino que sigue siendo protagonista patriarcal del movimiento. La lista vengadora es larga y no tememos estar en ella. Aquí los esperamos.

Desvinculada de la ética, la política puede llegar a ser una maquinaria implacable de acumulación de poder. El fujimorismo no es un partido en sentido estricto porque si algo caracteriza a un partido político son las ideas. Y el fujimorismo es, básicamente, un proyecto dinástico que aspira a liberar a su líder preso, borrarle el prontuario “por vías legales” -tarea en la que tienen amplia experiencia- y dejar que los poderes fácticos hagan lo que saben hacer mientras ellos se dedican al negocio de administrar el Estado -talento que todos les reconocemos-.

El domingo pasado el Perú ha querido que en la segunda vuelta la elección sea entre una organización criminal, más potente que nunca, y un conservador que ofrece lo mismo -el inmovilismo- aunque tenga el “mérito” de carecer de cuadros disciplinados y propósitos firmes. Con el fujimorismo enfrentamos a una mafia monolítica. PPK es un ultraliberal que puede matizar planteamientos y que puede recordar, a veces, que la palabra decencia existe.

Durante años, con parte de la plata robada y con la ayuda del empresariado voraz que remató el Perú en los 90, el fujimorismo ha financiado la construcción de una maquinaria electoral de nivel nacional. Lo ha hecho a su estilo: reclutando con dádivas, ofreciendo futuras obras, apelando al recuerdo de aquella mano dura que los peruanos parecen siempre echar de menos. El fujimorismo cree ser original cuando, en realidad, es una reencarnación del odriismo. Es cierto que hay diferencias, pero todas ellas favorecen a Odría.

Si Martín Adán viviera, diría que hemos vuelto a la normalidad. En efecto, la democracia menesterosa de la que nos jactamos -esa que convierte al Perú en el país más conservador del continente- le ha dado el control absoluto del Congreso a la hija del hombre que clausuró esa institución, creó una miserable y apócrifa y produjo desde ella la Constitución-candado que nos ató para siempre a los intereses de la derecha más vulgar.

Un país urgido de cambios, dados los índices de desigualdad que padece, opta por la derecha que quiere menos regulaciones laborales y ambientales, más privatizaciones, más dominio sin culpa de los grandes intereses.

Un país que atraviesa una crisis institucional, de la que es solo un ejemplo la vergonzosa actuación del Jurado Nacional de Elecciones, le el dominio parlamentario absoluto al partido cuya figura principal, Alberto Fujimori, destrozò las instituciones como nadie –ni siquiera el ejército de ocupación chileno- se había atrevido a hacer.

Un país que tiene un severo problema de inseguridad ciudadana le da un cheque electoral en blanco a quienes aplaudieron la creación de grupos paramilitares de exterminio y no dijeron nada cuando salieron a la luz planes de asesinato en contra de algunos opositores, operaciones abortadas gracias al valor de Mariella Barreto, la agente del SIE que terminó descuartizada y cuya cabeza jamás pudo encontrarse. iKerosene ha vuelto!

Un país que necesita renovarse, diversificarse, extender el horizonte de sus metas económicas elige a dos rancios guardaespaldas del modelo que la prensa concentrada considera “sagrado”.

En resumen, unas elecciones abiertamente semidemocráticas, cuando no fraudulentas (obsérvese la actitud del JNE frente a las alianzas 24 horas antes del día de la votación), determinan que una fuerza que desprecia el consenso y ama la prepotencia se apodere del Congreso de un modo tal que ya no necesita, como en el 2000, comprar a ningún Beto Kouri.

En los próximos cinco años tendremos un régimen parlamentario en manos del fujimorismo. ¿le daremos también, redundantemente, el Ejecutivo? ¿Qué podrán hacer la inescrupulosa Keiko Fujimori y el sin bandera José Chlimper, azuzados por las Chacón y las Alcorta, con el Congreso y el Ejecutivo en sus manos? .

-Eso se llama gobernabilidad –diría Jorge Morelli, el ideólogo en la sombra del fujimorismo.

Yo le respondería:

-Eso, de suceder, se llamará empacho de poder, monopolio en manos turbias, chavismo de derecha. Eso sería el 5 de abril sin tanques ni balazos ¡pero con los mismos resultados!

 

NOTA DEL EDITOR

  • Artículo publicado en “HILDEBRANDT EN SUS TRECE” Nº 295 15ABR16 p. 9

 


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